Biblioteca Popular José A. Guisasola




- ¿Y cuentos, don sapo? ¿A los pichones de la gente le gustan los cuentos?- preguntó el piojo.

- Muchísimo.

- ¿Usted no aprendió ninguno?

- ¡Uf! un montón.

- ¡Don sapo, cuéntenos alguno!- pidió entusiasmada la corzuela.

- Les voy a contar uno que pasa en un bosque. Resulta que había una niñita que se llamaba Caperucita Roja y que iba por medio del bosque a visitar a su abuelita. Iba con una canasta llena de riquísimas empanadas que le había dado su mamá...

- ¿Y su mamá la había mandado por medio del bosque?- preguntó preocupada la paloma.

- Sí, y como Caperucita era muy obediente...

- Más que obediente, me parece otra cosa- dijo el quirquincho.

- Bueno, la cuestión es que iba con la canasta llena de riquísimas empanadas...

- ¡Uy, se me hace agua la boca!- dijo el yaguareté.

- ¿Usted también piensa en esas empanadas?- preguntó el monito.

- No, no- se relamió el yaguareté-, pienso en esa niñita.

- No interrumpan que sigue el cuento- dijo el sapo; y poniendo voz de asustar continuó la historia-: cuando Caperucita estaba en medio del bosque se le apareció un lobo enorme, hambriento...

- ¡Es un cuento de miedo! ¡Qué lindo!- dijo el piojo saltando en la cabeza del ñandú-. A los que tenemos patas largas nos gustan los cuentos de miedo.

- Bueno, decía que entonces le apareció a Caperucita un lobo enorme, hambriento...

- ¡Pobre...!- dijo el zorro.

- Sí, pobre Caperucita- dijo la pulga.

- No, no- aclaró el zorro-, yo digo pobre el lobo, con tanta hambre. Siga contando, don sapo.

- Y entonces el lobo le dijo: Querida Caperucita, ¿te gustaría jugar una carrera?

- ¡Cómo no!- dijo Caperucita-. Me encantan las carreras.

- Entonces yo me voy por este camino y tú te vas por ese otro.

- ¿Tú te vas? ¿Qué es tú te vas?- preguntó intrigado el piojo.

- No sé muy bien- dijo el sapo-, pero la gente dice así. Cuando se ponen a contar un cuento a cada rato dicen tú y vosotros. Se ve que eso les gusta.

- ¿Y por qué no hablan más claro y se dejan de macanas?

- Mire mi hijo, parece que así está escrito en esos libros de dónde sacan los cuentos.

- Y cuando hablan, ¿También dicen esas cosas?

- No, ahí no. Se ve que les da por ese lado cuando escriben.

- Ah, bueno, no es tan grave entonces- dijo el monito-. ¿Y qué pasó después?


- Y entonces cada uno se fue por su camino hacia la casa de la abuela. El lobo salió corriendo a todo lo que daba y Caperucita, lo más tranquila, se puso a juntar flores.

- ¡Pero don sapo- dijo el coatí-, esa Caperucita era medio pavota!

- A mí me hubiera gustado correr esa carrera con el lobo- dijo el piojo-. Seguro que le gano.

- Bueno, el asunto es que el lobo llegó primero, entró a la casa, y sin decir tú ni vosotros se comió a la vieja.

- ¡Pobre!- dijo la corzuela.

- Sí, pobre- dijo el zorro-, qué hambre tendría para comerse una vieja.

- Y ahí se quedó el lobo, haciendo la digestión- siguió el sapo-, esperando a Caperucita.

- ¡Y la pavota meta juntar flores!- dijo el tapir.

- Mejor- dijo el yaguareté- déjela que se demore, así el lobo puede hacer la digestión tranquilo y después tiene hambre de nuevo y se la puede comer.

- Eh, don yaguareté, usted no le perdona a nadie. ¿No ve que es muy pichoncita todavía?- dijo la iguana.

- ¿Pichoncita? No crea, si anda corriendo carreras con el lobo no debe ser muy pichoncita. ¿Cómo sigue la historia, don sapo? ¿Le va bien al lobo?

- Caperucita juntó un ramo grande de flores del campo, de todos colores, y siguió hacia la casa de su abuela.

- No, don sapo- aclaró el zorro-, a la casa de la abuela no. Ahora es la casa del lobo, que se la ganó bien ganada. Mire que tener que comerse a la vieja para conseguir una pobre casita. Ni siquiera sé si hizo buen negocio.

- Bueno, la cuestión es que cuando Caperucita llegó el lobo la estaba esperando en la cama, disfrazado de abuelita.

- ¿Y qué pasó?

- Y bueno, cuando entró el lobo ya estaba con hambre otra vez, y se la tragó de un solo bocado.

- ¿De un solo bocado? ¡Pobre!- dijo el zorro.

- Sí, pobre Caperucita- dijo la paloma.

- No, no, pobre lobo. El hambre que tendría para comer tan apurado.

- ¿Y después, don sapo?

- Nada. Ahí terminó la historia.

- ¿Y esos cuentos les cuentan a los pichones de la gente? ¿No son un poco crueles?

- Sí, don sapo- dijo el piojo-, yo creo que son un poco crueles. No se puede andar jugando con el hambre de un pobre animal.

- Bueno, ustedes me pidieron que les cuente... No me culpen si les parece cruel.

- No lo culpamos, don sapo, a nosotros nos interesa conocer esas cosas.

- Y otro día le vamos a pedir otro cuento de esos con tú.

- Cuando quieran, cuando quieran- dijo, y se fue a los saltos murmurando-: ¡Si sabrá de tú y de vosotros este sapo!




FIN



Sapo en Buenos Aires
Gustavo Roldán
Ilustraciones: Luis Scafati
ALFAGUARA INFANTIL
(Desde 8 años)


Visto y leído en:
-El laberinto secreto, Ana Cuevas Unamuno
http://ellaberintosecreto.blogspot.com.ar/2012/04/cruel-historia-de-un-pobre-lobo.html
-Nosotros no decimos “cree”, decimos “LEE”
http://decimoslee.blogspot.com.ar/2012/05/cruel-historia-de-un-pobre-lobo.html
-EDAIC Varela (Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua)
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2012/09/gustavo-roldan.html

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